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Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)

Tic… Tac…

Novela breve, pero compendiosa (1881)

I

Arturo de Miracielos (un joven muy hermoso, pero que a juzgar por su conducta, no tenía casa ni hogar) consiguió cierta noche, a fuerza de ruegos, quedarse a dormir en las habitaciones de una amiga suya, no menos hermosa que él, llamada Matilde Entrambasaguas, que hacía estas y otras caridades a espaldas de su marido, demostrando con ello que el pobre señor tenía algo de fiera…

Mas he aquí que dicha noche, a eso de la una, oyéronse fuertes golpes en la única puerta que daba acceso al departamento de Matilde, acompañados de un vocejón espantoso, que gritaba:

— ¡Abra V., señora!

— ¡Mi marido!… — balbuceó la pobre mujer.

— ¡Don José! (tartamudeó Arturo). — ¿Pues no me dijiste que nunca venía por aquí?

— ¡Ay! No es lo peor que venga… (añadió la hospitalaria beldad), sino que es tan mal pensado, que no habrá manera de hacerle creer que estás aquí inocentemente.

— ¡Pues mira, hija, sálvame! (replicó Arturo). — Lo primero es lo primero.

— ¡Abre, cordera! — prosiguió gritando don José, a quien el portero había notificado que la señora daba aquella noche posada a un peregrino.

(El apellido de D. José no consta en los autos: sólo se sabe que no era hermoso.)

— ¡Métete ahí! — le dijo Matilde a Arturo, señalándole uno de aquellos antiguos relojes de pared, de larguísima péndola, que parecían ataúdes puestos de pie derecho.

— ¡Abre, paloma! — bramaba entretanto el marido, procurando derribar la puerta.

— ¡Jesús, hombre!… (gritó la mujer): ¡qué prisa traes! Déjame siquiera coger la bata…

A todo esto Arturo se había metido en la caja del reloj, como Dios le dio a entender, o sea reduciéndose a la mitad de su volumen ordinario.

Ya podéis adivinar que aquel cuerpo extraño, con que no contó el relojero al construir su obra, impidió la función de las pesas y la oscilación de la péndola, parando por consiguiente la máquina.

— ¡No pares el reloj, desgraciado! (exclamó Matilde). ¡Si lo paras, me pierdes y te pierdes! Mi marido no puede conciliar el sueño más que al arrullo de ese reloj o de otro igual que tiene en su alcoba, y al advertir que el mío se halla parado tratará de darle cuerda… ¡y se encontrará contigo!

Así diciendo, echó la llave a la caja de la péndola.


II

En el ínterin, D. José había conseguido por su parte forzar la cerradura de la puerta del gabinete, y penetraba en la alcoba echando fuego por los ojos…

— ¿Dónde está? — berreó de una manera indescriptible.

— ¿Qué buscas, Pepe? (interrogó la mujer con asombrosa calma). ¿Se te ha perdido algo?

— ¡Se me ha perdido el honor! — repuso el marido, mirando debajo de la cama.

— ¡Desventurado! ¡Y lo buscas ahí!

En aquel tiempo no había en Sevilla mesitas de noche.

Porque la escena era en Sevilla.

— ¿Dónde está? (seguía preguntando don José). ¿Dónde está tu infame cómplice?

En cuanto al reloj…, el reloj andaba perfectamente, como si nadie hubiera dentro de la caja. Quiero decir que la péndola sonaba cual si oscilase libremente en el vacío…

— Tic… tac…, tic… tac…, tic… tac…, oíase allí dentro.

No se le ocurrió, pues, a D. José, ni por asomos, registrar el interior del reloj.

Y como en ningún otro paraje encontrara a persona alguna, nuestro hombre cayó de rodillas delante de su esposa, cuya indignación, elocuencia y cólera iban tomando vuelo, y le dijo: — ¡Perdona, Matilde mía! He sido engañado por ese miserable portero, que sin duda estaba borracho. Mañana lo despediré. — Por lo que a ti hace, cree que mi amor, mi renovado amor, te demostrará cuán arrepentido estoy de haber dudado de tu inocencia.

Matilde hizo inauditos esfuerzos porque no hubiera paz; quejose de lo ocurrido, protestó; lloró; insultó a D. José, etc., etc.; pero éste le respondía a todo:

— Tienes razón…, tienes razón… ¡Soy una fiera!

Y, entretanto, volvía a cerrar la puerta que forzó, guardábase la llave, y tomaba posesión de su propio y legítimo puesto en el lecho conyugal, exclamando como un bendito:

— ¡Vaya, mujer, acuéstate y no seas tonta!…


III

A la madrugada, despertose D. José bruscamente, y dijo en voz baja:

— ¿Duermes, Matilde?

— No; que estoy despierta.

— Dime, ¿es ilusión mía, o se ha parado el reloj?

Tic… tac…, tic… tac…, tic… tac… — resonó al mismo tiempo dentro de la caja.

— Es ilusión tuya… (respondió la mujer). ¿No estás oyendo?

— ¡Es verdad! (repuso D. José); pero lo que no es ilusión es que te adoro más que nunca…, y que no me canso de repetírtelo esta noche…


IV

Un año después había en la casa de dementes de Toledo un joven, muy hermoso, cuya locura estaba reducida a figurarse que era un reloj de pared, y a estar siempre imitando el ruido de la péndola, por medio de un chasquido en el cielo de la boca, hasta producir este sonido:

— Tic… tac.., tic… tac…, tic… tac…

Y dicen que era admirable la perfección con que lo hacía.

De donde se deduce, como moraleja, que algunas veces los célibes hermosos hacen el papel de maridos feos.



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